
Abriste las cortinas hasta casi arrancarlas y subiste con urgencia la persiana como si te faltara el aire. La habitación se llenó de luz hasta hacernos saltar a la terraza y entre pelos alborotados, nuestras bocas seguían buscándose. Nos respiramos. No hay nada fuera, nada. Estamos en medio de la nada, gritaste. Desandamos, no dejaba de mirarte, siguiendo el rastro de la blanca sábana para regresar al calor, al centro de todo. Bajaste tan despacio la persiana, como tu mano por mi cuerpo. Cerré las cortinas y por un momento temblaba pensando que desaparecerías en la oscuridad, hasta que volví a sentir tus noctámbulos dedos.
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